MÁS QUE PALABRAS. El debate prometido para la víspera de la Nochevieja no fue tal. En realidad consistió en un resumen trabajadísimo de los tres meses largos de convivencia en la casa de Guadalix, un repaso por bloques temáticos en el que no faltó prácticamente nada, y donde pudimos ver aquellas imágenes que todos recordamos, pero también otras que no estaban tan en nuestro recuerdo. La parte de debate era tan solo un fondo, el acompañamiento necesario y en este caso imprescindible. Me lo pasé bien viendo este programa.
Agradecí que se trataran los temas sin tapujos, que todos tuvieran posibilidad de expresarse, de explicar aquellas cosas que les inquietan y contar la feria según le ha ido a cada uno. Obviando la salida de pata de banco de Nicky, que pierde las formas con gran facilidad y me da la impresión de que se con la misma se arrepiente, los demás dijeron lo que quisieron con naturalidad, expresando quejas hacia alguno de sus compañeros e incluso hacia el propio programa, con ese eterno reproche relativo a la selección de imágenes o a lo que puede llegar a condicionar el desarrollo del programa la forma en que se trate a unos o a otros, algo más achacable a los programas parásitos de este. Todos tuvieron ocasión de decir lo que quisieron, algo que utilizó con profusión Jonathan, también Miguel, los más críticos con el programa y aquello que le rodea, partiendo del hecho de sentirse maltratados, o quizá será mejor decir no demasiado bien tratados. El reproche tendrá para algunos de injusto lo que para otros de certero, pero no se puede negar que Jonathan tiene la suficiente personalidad y claridad de ideas como para expresar lo que piensa sin autocensuras, sin tener en cuenta lo que pueda beneficiarle de cara a guardar su propia imagen o las simpatías que pueda despertar en los demás. Lo que me distancia de él es esa sonrisa amable y complaciente, que no abandona ni cuando está haciendo una crítica feroz, cuando está expresando con dureza lo que piensa. Puedo estar de acuerdo o no con lo que dice, pero me gusta que lo diga, solo que prefiero tan solo escucharle antes de ver ese rostro amable que no se corresponde con lo que está expresando. En esto Jonathan sigue siendo un vendedor de pisos (hay quien pensó que me equivocaba de oficio cuando escribí esto las primeras veces, creo que no supe explicar bien que era una imagen, tan solo una metáfora) que ya te esté vendiendo el chollo de tu vida o una pocilga inhabitable, siempre lo hará con una irritante sonrisa.
Tuvo cabida en esa selección de imágenes lo mejor y lo peor de lo ocurrido. Los momentos de tensión, los rebotes graciosísimos de Bea, las discusiones y borderíos varios. Pero también las muestras de amistad, los recortes de diversión y unos pedacitos de amor. Eran más difíciles de encontrar estas últimas cosas, pero para el equipo que hace ese programa no hay nada imposible. Cuando hace días titulé mi comentario “109 días de soledad”, me faltó señalar que parte de esa soledad fue impuesta por las circunstancias, que provocaron la separación de algunos de los protagonistas en el momento que se había producido una especial sintonía. Esa pesadumbre expresada por el “Último Mohicano” Jonathan a causa de que hubieran ido saliendo todas sus amistades en la casa tenía una base absolutamente real, y a mi juicio impidió que viéramos un poquito más de compañía, más muestras de amistad, una complicidad mayor entre personas que días antes de entrar en la casa no se conocen de nada. Lamento que este GH haya sido complicado en ese aspecto, porque ver surgir amistades sinceras que nacen de la nada, poder ser testigos de eso, es todo un privilegio.
Tampoco hubo esta vez “edredoning”, un neologismo que los ilustres señores de la Real Academia deberán estudiar algún día, porque es ya parte de nuestro vocabulario. También lamento esto, no porque busque estímulo ninguno de ese tipo viendo este programa, pero si porque sería algo que acercaría la vida en la casa de GH a lo que sucede a diario en nuestras vidas. El deseo sexual mueve parte de nuestra existencia, es algo en torno a lo que giran comportamientos y negocios, y no es del todo natural ver a un grupo de personas tan aguantaditos durante tanto tiempo. Claro que puede que esté yo equivocado y la mayoría de la gente no vea girar a su alrededor lo mismo que yo veo.
A la hora de hacer un resumen, cuando tengo que echar el cierre, algo que hago con pesadumbre y nostalgia, me apetecería hacer un comentario absolutamente personal, reflexionar sobre lo que supone este programa, lo que esta experiencia puede aportar a los que entran y a los que seguimos todo desde fuera. No hay nada comparable a una experiencia como esta, y esto es algo que me gustaría no se perdiera nunca de vista. Puede ser un lugar común esta reflexión, pero creo que explica lo que decía anoche mi admirada Milá, citando a este humilde gato, y es que es esta una experiencia mucho más dura de lo que muchos imaginan. Un futbolista famoso, por poner un ejemplo, está acostumbrado a vivir delante de las cámaras de televisión y las de los fotógrafos de prensa. Ellos entrenan ante las cámaras, luego comparecen en rueda de prensa ante las cámaras, abandonan su lugar de trabajo ante aficionados que les esperan para conseguir un autógrafo, algo que hacen ante las cámaras. También cuando salen a divertirse, a cenar con los amigos, al cine o a una discoteca, es fácil que se encuentren también ante las cámaras de los “paparazzis”. Y, como no, cuando les toca el momento álgido de su trabajo, el día del partido, saben que todo quedará registrado para disfrute de los forofos de ese deporte, porque siempre juegan ante las cámaras. Pero estos personajes saben que tienen un momento de intimidad, todo un mundo de intimidad que nadie conocerá nunca si ellos así lo desean. De forma que cuando hablan con sus parejas, sus hijos, amigos o compañeros de trabajo, no hay una cámara delante, no todo lo hacen ante el juicio implacable y temible de miles de personas que están, sin ser vistas, detrás del ojo de esas cámaras. En la casa de GH no hay un solo gesto que pueda escapar a ese juicio, y somos muchos los que disfrutamos compartiendo nuestras opiniones con los demás, mirando y comentando con interés lo que allí pasa, y sobre todo entreteniéndonos con esta experiencia, disfrutando como enanos cuando hacemos de socio-psicólogos que miramos por esa ventanita la vida de un grupo de personas que están siempre vigilados, al menos durante unos meses, viviendo siempre ante las cámaras, siempre.
Este gato encerrado abandona hoy su encierro. Lo hago feliz, con una sonrisa en mi boca, satisfecho y agradecido. No se cuando volveré a atravesar mi gatera para meterme en mi guarida y observar de nuevo a mis ratoncitos. A esta hora, en el momento del comentario final, nunca lo tengo claro, y siempre dudo que haya una próxima vez. Sea como fuere agradezco el día que decidí compartir esta experiencia contigo, no me hubiera gustado perderme tantas cosas, no quiero ni pensarlo. Por eso mi sonrisa, que espero me acompañe mucho tiempo, recordando este bendito GH VI. Feliz Año 2005, y sonríe siempre, siempre, siempre.
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