EL ÚLTIMO MOHICANO. Es curioso que Jonathan, uno de los protagonistas de la noche, eligiera la historia del último mohicano para visualizar la que terminaría siendo su posición en la casa tras la expulsión de Miguel ayer. Puesto en ese supuesto, el inteligente concursante, sin ninguna duda uno de los de mayor formación de entre los habitantes de la casa, utilizó esa epopeya sobre la sangrienta guerra que enfrentó a franceses e ingleses, junto a sus respectivos aliados indios, luchando por la posesión del nuevo continente. Digo que me resultó curioso porque este gato renegado también acudió a una historia colonial de los Estados Unidos en aquel GH III, el de Raquel y Patricia, donde fueron cayendo uno a uno todos los que estaban de un mismo lado, aquellos que habían hecho un pacto no escrito, ni siquiera hablado, para prometerse fidelidad, los integrantes de aquella “maxi-pandi” que comandaba Raquel. Era una bonita historia la de “El Álamo”, ese colectivo cercado y castigado, como lo es la de “El último mohícano”, donde no olvidemos que Uncas termina perdiendo la vida, sin que Ojo de Halcón pueda hacer nada por salvarle. Jonathan ya no tiene un Ojo de Halcón que le defienda, él si que es un último mohicano, y si la historia guardase cierto paralelismo con la obra de Cooper, nada ni nadie podrá evitar que salga expulsado más pronto que tarde, para encontrarse en esa otra vida (la que le espera fuera de la casa), con su amada Cristal. Miguel, nuestro Ojo de Halcón, salió anoche de la casa de gran hermano, haciendo un sacrificio en pos de la materialización de la epopeya de este GH, aunque si descendemos a la realidad veremos que el mayor enemigo del sevillano no han sido los rudos hombres de un fuerte en el extremo oeste de Hudson, si no que su mayor enemigo pudo ser él mismo, con la inestimable ayuda de su aliado, el superviviente Jonathan.
La actitud de estos dos protagonistas de la noche les ha conducido a la situación en la que nos encontramos ahora. No han influido tanto ni las semanas de disfrute de la suite, ni la influencia de la inestable Sandra o la turbia mirada de Cristal, que todos hemos podido comprobar, una vez fuera, que no era turbia ni nada que se le parezca, y que es capaz de sonreír mucho más de lo que vimos que hiciera durante su encierro. En realidad lo que ha llevado fuera de la casa a Miguel ha sido su complicidad con Jonathan, y la forma que han tenido de entender el juego, su visión algo prepotente, su falta de respeto a los compañeros, la forma en que han sido capaces de tratar a Nicky como uno más, para luego reírse de forma clamorosa de él a sus espaldas. No creo que la visión de la jugada que tenían fuera errónea, todo lo contrario, pero cometieron el error de ir de sobrados, considerándose por encima de los demás, despreciando algo que debería de estar por encima del juego de supervivencia que se plantea en el concurso, y es el respeto para con los demás, su consideración hacia seres humanos que no están ni por debajo ni por encima de ellos, que eran y serán siempre iguales en cuanto a sus sentimientos. He defendido repetidamente que lo que sucede ahí dentro no deja de ser un reflejo de lo que podemos ver fuera, que en el comportamiento de todos, sin excepción, podemos ver retazos de nuestro propio comportamiento diario. También defiendo la teoría de que es imposible que sean siempre conscientes, por mucho que lo pretendan, de que están siendo vigilados por un gran hermano que todo lo ve, que recoge todo el tiempo lo que dicen y hasta como respiran. Tengo claro que si pusieran en nuestras vidas una cámara que recogiera en todo momento nuestro comportamiento, ni nosotros mismos seríamos capaces de aceptarnos, provocando nuestro rechazo y probablemente nuestra muerte prematura. El que no haya analizado de forma cruel a alguien, hablando con un amigo o un ser cercano, y no se haya reído nunca de un semejante, que tire la primera piedra, que estoy seguro que pueden estar tranquilas las rocas de todo el mundo, porque es difícil no reconocernos en alguna medida en ese comportamiento. Pero está claro que ni Miguel ni Jonathan tuvieron el más mínimo pudor a la hora de hacer lo que hicieron, y creo que eso deriva de su confianza en que recuperarían el manejo de la casa, sin valorar suficientemente que hay ciertas cosas que los espectadores no pueden pasar por alto. Nos sucede en nuestro entorno, podemos disculparlo casi todo, nuestra memoria es lo suficientemente selectiva para guardar lo bueno tapando lo que nos resultó más negativo, pero lo que no perdonaremos nunca son las actitudes prepotentes, el desprecio que algunos muestran sin recato a los que consideran inferiores, ya sea desde un punto de vista económico, cultural, social o de otro jaez. Eso ha acabado finalmente con la pareja, por quienes no he ocultado mis simpatías, porque además de esto que censuro, pude ver en ellos otras muchas cosas, un sentido del humor envidiable, y sobre todo la comunión que les proporcionó la amistad que establecieron dentro de esa casa, y la amistad es un reclamo lo suficientemente bello como para que a veces me cueste ver el bosque de traiciones, deslealtades o villanías, que puede ocultar ese cartel.
La salida de Miguel nos trajo una imagen de desolación en la casa, especialmente en Jonathan, como era de esperar, pero también en otros habitantes como Bea, cuya cara tras el regreso de los otros dos nominados era todo un poema. También pudimos ver el rostro desencajado de Cristal, a la que un nudo aprisionaba su garganta impidiendo prácticamente articular palabra. Dentro veían a Miguel como posible ganador, era respetado y en cierto modo admirado, y su ausencia me temo que se hará notar de forma importante. En el momento de la expulsión vimos a un Juanjo aparentemente compungido, y a una Natacha temblorosa reeditando sus mejores éxitos de una interpretación cómica por patética. La despedida de Miguel tuvo, como no, un momento de flamenquito, tras la intensa emoción que acompañó sus palabras cuando se dirigía a su amigo Jona.
Jonathan se queda solo, material y espeluznántemente solo, y de semejante forma se siente Juanjo. Como dijo la Milá anoche, que hizo una buena entrevista a Miguel, al que dió un trato cariñosamente duro, la soledad de quien se siente solo estando en compañía es de los peores escenarios que se pueden presentar en nuestras vidas. Es de las cosas más duras que nos pueden pasar, y solo cuando se ha experimentado se llega a saber lo que duele. Así se siente el “majaraja”, lo cual este gato sensible ve como especialmente duro, considerando que tengo el convencimiento que Juanjo busca con fervor cobijarse bajo el ala caliente de los demás, abriendo su corazón y reclamando un sitio en el de los otros. Sin embargo Diana le ha expulsado de su paraíso particular, como ya comenté hace unos días. Su análisis es duro, frío y tan distante que hace que se me presente ante mis desconcertados ojos de visión nocturna una Diana implacable y poco humana. No le falta razón a la modelo cuando acusa a Juanji de repetir una y otra vez que no es egoísta, porque “la persona que dice eso es porqué lo es”. Ese es uno de los grandes defectos que veo en este concursante, aparte de su obsesión por hablarle a las cámaras y su excesiva tendencia a “actuar” en la sala de confesiones. En este caso la repetición de una descripción sobre su propia personalidad hace pensar que en realidad se trata de una forma de enmascarar la realidad, ya que como dijo Goebbels: “Una gran mentira repetida acaba por convertirse en verdad”, y pareciera que eso es lo pretendido por el “taxista Dundee”. De cualquier manera, y dado que se me ha emplazado a dar mi opinión al respecto, lo cual me ruboriza y me honra, a partes iguales, diré que la actitud de Diana me parece hiriente, tanto que no me gustaría estar en el pellejo de Juanjo, al que la expulsión de Miguel ayudará a sentirse aún más solo, quizá por la admiración y el respeto que siempre tuvo a su “primo”.
Me reí con Diana cuando gesticulando de manera inadvertidamente exagerada, mientras Natacha pedía por enésima vez no ser expulsada, poniendo a su hija de por medio, lo cual me parece una canallada rechazable, le preguntó con acierto: “¿Estás actuando o estás hablando en serio?”. Y es que para la argentina no hay barreras que separen ambas cosas, con ella siempre cabe esa duda. Nadie se cree que sea realmente así, creo que ni ella misma se lo cree.
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