LA MENTIRA DE AÍDA. Aída tiene un perfil ególatra preocupante. Su elevada autoestima, el altísimo concepto que demuestra tener de ella misma, hace que los valores positivos que pueda tener queden necesariamente ocultos. Poco importa que la primera expulsada de GH V hubiera sido concebida para animar el arranque del programa o que su papel de mala estuviera concienzudamente preparado por ella misma, la impresión que me queda tras su arrollador paso en estos once días es que ella es así, en cierta forma. Al mismo tiempo que hemos podido ver la cara real de alguien que pretendió con éxito que el programa y la vida dentro de la casa girara alrededor de su propia persona, hemos podido asistir a la gran mentira de una concursante, una mentira que la convierte en futura colaboradora de programas satélites de GH, y que consiste en haber compuesto un personaje atractivo para esa industria. Aída se ha forjado en poco más de una semana un futuro prometedor del que yo reniego, el de polemista sincera y lengüilarga, que no tendrá reparo en servir carnaza en el plato televisivo que preparan otros. Esa oferta culinaria será atractiva para muchos, pero este gato sibarita prefiere otro tipo de cocina.
La ceremonia de la expulsión tuvo esta vez poco suspense y casi ninguna emoción. La casa celebró con risas la salida de Aída, haciendo sonar unos silbatos cuando presenciaron el regreso de Laura y Nuria. Fue esta última la única que puso un contrapunto de emoción al derramar sus lágrimas en recuerdo de su amiga. Estoy convencido que esta fresita, que ha conseguido ser el personaje más imitado en estos días, volverá a lamentar con pesadumbre la ausencia de otros compañeros, creo que es parte de su papel delicado y sentimental. A la expulsión le siguió la entrevista en el estudio, donde la Milá preparó un plato combinado en el que debajo de una apariencia de dureza y falta de piedad se escondía un menú servido en bandeja a “la sarracena” para que defendiera su papel con el ardor que se suponía que lo haría y la comodidad que la presentadora pretendía. Es ese un truco que para algunos ya no funciona. Solo me gustó la Milá cuando sorprendida negó un abrazo a Aída, que saliéndose del guión pretendía dar un golpe de efecto no previsto.
Durante el programa asistimos a la prueba preparada en esta ocasión para dar la oportunidad a los “habitantes de la casa” (Ontiveros dixit) de recuperar una parte de la misma. Eligieron el baño, como es natural, aunque desconocían hasta entonces que en esta ocasión la prueba era un regalo que llevaba aparejado la condonación de los kilómetros de bici que les quedaban por hacer, un día entero de agua caliente y una mochila con viandas para hacer el avituallamiento durante la peliaguda prueba propuesta, es decir esos diez escasos kilómetros en veinte minutos a completar por los doce que quedan dentro. Y es que Ontiveros sigue siendo como un padre comprensivo y bonachón para todos ellos.
Ahora comienza la vida sin Aida, como decían en otras ocasiones, y eso supone de alguna manera un nuevo comienzo para el programa. Una vez captada la atención, cuando han conseguido que todo el mundo hable de ellos, tras el fin del episodio “Aida fiction”, empezaremos a ver el desarrollo de una historia normal, el auténtico inicio de esta historia. También será ahora cuando empecemos a descubrir lo que aún desconocemos de muchos de ellos, algunos ya apuntan maneras como dejaba yo escrito hace unos días. A este gato perspicaz se le vislumbra que los malos rollos no han hecho más que empezar y ocasión tendremos de ver muchas cosas que poco nos han de gustar en las próximas semanas.
La frase del día la pronunció en esta ocasión Mercedes Milá. Pocas veces he sido sorprendido tanto como cuando la presentadora afirmó, hablando con la expulsada, que la gente ha podido seguir minuto a minuto lo que pasaba dentro de la casa. ¿Minuto a que? Eso es tomadura de pelo y lo demás son tonterías. Aún estamos esperando un canal de veinticuatro horas (que nunca se ha de perder la esperanza), o cuando menos las molestas cámaras de Internet. Como decían en aquella televisión en blanco y negro que ponía con frecuencia imágenes de los castillos de España con un alegre fondo de música clásica como relleno previo al comienzo del telediario, “estamos a la espera”, pues eso.